Fría aquella noche, los cuervos grazanaba y esperaban insaciables la llegada de algún carruaje. De miradas caníbales vieron aparecer algo más cercanamente del horizonte un floral carruaje transportado por lustrosos caballos de blancas crines.
Soltando sonoros y ruidosos graznidos, la bandada de cuervos voló, casi sin pensarlo hacia otro árbol destartalado, nevado y sin hojas más lejano.
De pronto, la carreta paró. De ella salió una hermosa joven de rubios y lisos cabellos y azules ojos vivos.
Miró alrededor, suspiró y sonrió vivamente, encantada por el invernal y blanco paisaje. Se fijó en el precioso castillo que le aguardaba sobre la colina Schweitg.
Incluso nevado y con triste alrededor, el castilo Schweitg tenía ese toque mágico y glamuroso que tanto la había fascinado de jóven. Se internó en el carruaje de nuevo y ordenó al cochero seguir hacia el Castillo.
Ya dentro del Castillo con todas las maletas y la ropa ordenada se apresuró al salón buscando al Barón Schweitg, su tío y único familiar vivo. Entusiasmada, le miró y éste, solemne en su sillón, sin siquiera mirarla, le ordenó: “Acuéstate, mañana empiezas las clases…Buenas Noches”. La joven princesa, algo asustada y triste, agachó la cabeza y se dirigió a la habitación. Pero algo la detuvo, un comentario 2Ah…” Se giró hacia su tío y pudo ver su perfil, que miraba fijamente al fuego de la chimenea y era alumbrado por éste: “Bienvenida a Schweitgcastle”. Esbozó una leve sonrisa y removió el vino que había en la copa.
La princesa volvió a sonreir y, de nuevo entusiasmada, subió alegre a su cuarto, dispuesta a dormir.
Escrito en Relatos